Ferreirós sostiene que los educadores tenemos que lanzarnos con una nueva mirada hacia una cultura del cuidado de la vida, y lo sintetizó así:
La humanidad ha perdido la conexión con el creador, con lo sagrado de la vida. En consecuencia, el hombre lejos de sentirse ser humano, administrador de todo lo recibido como don, ha desplegado toda su voracidad, limitación, miseria, e hizo lo que estamos viviendo hoy.
Los educadores nos vemos interpelados desde el evangelio para tomar en serio nuestras prácticas, contenidos curriculares y transformarlos; tenemos adelante nuestro a los ciudadanos de este siglo que necesitan nuevas habilidades: esto no pasa tanto por el qué hacer, sino por el ser.
Entonces, cada proyecto institucional puede filtrar el grito y el llamado de Jesús, Señor de la Vida.
Algunos colegios de nuestro país, también de Chile y Brasil ya replican fecundamente la experiencia transversal de llevar la ecología humana con todos los contenidos de Laudato Si y de Fratelli Tutti, a la catequesis. Por eso comparto algunos conceptos fundamentales: nosotros hablamos del cuidado de toda forma de vida, y el nuevo paradigma es que podamos llevar al corazón de los niños esa semilla de la palabra de Dios con contenido y experiencia de fraternidad. Necesitamos hacer de ella el centro de nuestros encuentros, en un diálogo mucho más fuerte y más activo con la realidad que vivimos, y de la cual niños adolescentes y jóvenes están impregnados a diario. Ellos son muchos más conscientes que nosotros del tema ecológico. Y la pandemia como broche de oro, instaló esta conciencia.
Por lo tanto, trabajemos nuestra aula de catequesis con un enfoque más integrador, pongamos en diálogo el primer anuncio, mensaje de salvación, de amor, esperanza y vida, con las realidades que fuerzan y entran al aula en cada niño, familia, y en todo lo que nos está pasando como educadores. En nuestra localidad, ciudad o región hay contaminación, problemas con los residuos, alteraciones en los ecosistemas, todo eso tiene que ser materia de trabajo. Incluyendo en el ecosistema a los más pobres, discriminados de esta sociedad.
El contrapunto del cuidado es el autocuidado, prestemos atención al tema de la autoestima. Reconocer el don de la vida con su maravilla, extrañeza, perfección desde la más temprana edad forja una conciencia y un pensamiento que va a valorar naturalmente el cuerpo y la situación existencial del otro, en tiempos de maduración progresiva de todas estas realidades.
Autocuidado para un cuidado integral, inclusivo y con un concepto de fraternidad en el que incorporamos a nuestro Francisco de Asís que fue capaz de sentirse agua con el agua y llamarla hermana, y sentirse lobo con el lobo y llamarlo hermano.
El cuidado integral e inclusivo abreva en una fraternidad y en una experiencia de comunión que tenemos que estar trabajando y haciendo fluir en el aula, desde lo más mínimos detalles: mesas fraternas, comunión, diálogo, disenso, tolerancia son palabras claves para poder abrir la puerta a este cambio de paradigma pedagógico – didáctico.